“Costeño Core” Entre la Identidad, la Moda viral y la Estética Popular

En los últimos meses, las redes sociales en la Costa Caribe colombiana han visto surgir un nuevo término: “costeño core”.

Gianni D.L.

2/11/20262 min read

Una etiqueta que, más que definir una estética, se ha convertido en una forma de validación simbólica para ciertos grupos que aseguran haber “creado” un estilo propio. Sin embargo, al observar con atención, queda claro que lo que hoy se presenta como tendencia no es otra cosa que una reapropiación de una estética popular que lleva décadas construyéndose en los barrios, las fiestas, los mercados y las calles del Caribe.

El llamado costeño core mezcla colores intensos, con elementos de la cultura urbana local. Elementos que nunca fueron pensados como “tendencia”, sino como formas espontáneas de expresión, orgullo territorial y resistencia cultural. Hoy, al ser empaquetados para redes sociales, se transforman en una estética “curada”, lista para likes y validación digital.

Desde una mirada cultural, este fenómeno puede entenderse dentro de lo que se conoce como estética kitsch. Una estética ruidosa, pretenciosa y sentimental que actúa como una «misiva» visual, comunicando estatus, estridencia y emoción sin complejidad. Se utiliza para transmitir mensajes directos, a menudo considerados de mal gusto o de “falsa conciencia”, popularizados por la cultura de masas. No pretende ser refinado: celebra el exceso, el brillo, la nostalgia y la emocionalidad. En la Costa, esta estética ha existido siempre: en los murales, en los buses decorados, en los picós iluminados, en las fachadas coloridas y en la moda callejera.

El problema surge cuando algunos sectores intentan apropiarse de esta estética colectiva como si fuera una creación individual o exclusiva. Al convertir lo popular en “marca personal”, se borra su origen comunitario y se invisibiliza a quienes realmente la construyeron: vendedores ambulantes, músicos, bailadores, mecánicos, diseñadores empíricos, madres de barrio y jóvenes que, sin discursos académicos, han producido cultura durante generaciones.

Más que una moda, el costeño core revela una tensión entre lo auténtico y lo viral. Muestra cómo la identidad caribeña, rica y diversa, puede ser reducida a un filtro estético para consumo rápido. También evidencia el deseo contemporáneo de pertenecer, destacar y ser reconocido en plataformas donde la imagen vale más que la historia.

Lejos de negar la creatividad actual, es necesario recordar que la cultura no se inventa de un día para otro. Se construye lentamente, en comunidad, con memoria, música, cuerpo y territorio. La estética costeña no necesita validación digital para existir: ya estaba ahí, vibrando en cada esquina, mucho antes de que alguien la bautizara con un nombre.

Quizás el verdadero reto no sea “ser costeño core”, sino reconocer que la cultura popular no es una tendencia pasajera, sino un patrimonio vivo que merece respeto, contexto y memoria.