La revolución del maquillaje en el cine

Cuando el cine nació, no solo tuvo que aprender a contar historias sin palabras: también tuvo que aprender a ver. Y en ese proceso, el maquillaje se convirtió en un aliado técnico, estético y narrativo fundamental. Lejos de ser un simple recurso cosmético, el maquillaje en el cine en blanco y negro fue una respuesta directa a las limitaciones —y posibilidades— de los distintos tipos de película fotográfica.

N. Lacharme

8/8/20251 min read

Las primeras películas cinematográficas utilizaban película ortocromática, sensible principalmente a las longitudes de onda azules y verdes, pero prácticamente ciega al rojo y al naranja. Esto generaba un problema crucial: los colores no se traducían correctamente en escala de grises.

En pantalla los labios rojos aparecían casi negros, la piel clara se veía apagada o manchada, el cielo azul aparecía blanco y sin profundidad y los ojos marrones perdían expresión.

Para compensar estas distorsiones, los maquilladores desarrollaron soluciones radicales:

Labios pintados de verde o azul oscuro para que se leyeran como grises medios. Bases de maquillaje amarillas o blancas para iluminar el rostro. Ojeras y contornos exagerados para marcar volúmenes. Cejas y sombras muy oscuras para reforzar la expresividad.

El resultado, visto fuera de cámara, era casi grotesco. Pero bajo las luces y a través del lente ortocromático, esos rostros cobraban vida. Películas como Nosferatu son un testimonio visual de este maquillaje extremo, casi teatral, que definió el cine mudo temprano.